Fuencaliente es un pueblo fuerte, con tesón y capaz de hacer frente a los retos más complejos que se presentan. Bastó con que levantara la bruma (la niebla baja que habitualmente cubre el pueblo más alto de la isla en épocas de lluvia) para que el fuencalentero dejara atrás los lamentos y se pusiera a trabajar para arreglar el imponente destrozo generado por las riadas de agua, lodo y arena que sepultaron todo a su paso y que culminaron el dañino trabajo que empezó el fuego en agosto.
Afectados o no, lo hacen de forma solidaria, colaborando entre vecinos y entendiendo que en estos momentos son el centro de las miradas de una Isla sobrecogida por el impacto de las imágenes que surgen, otra vez, en el sur. Los daños son tremendos, "más incluso que con el incendio", según dicen muchos lugareños, pero no queda más que arrimar el hombro y lo están haciendo como saben, sin complejos, sin cuestionarse el objetivo de la ayuda que prestan.
Sin lugar a dudas, el temporal ha puesto a prueba una vez más la resistencia de este pueblo, acostumbrado a enfrentarse a retos naturales extremos que se presentan cada cierto tiempo: un volcán, un incendio, riadas de agua, tormentas extremas... El fuencalentero está curtido en mil batallas, en las condiciones más difíciles. Y siempre sale adelante.
Sólo han pasado cuatro meses desde aquella terrible noche de fuego. De lucha cuerpo a cuerpo con las llamas más aterradoras que se habían visto en La Palma. Y toca zafarrancho de nuevo. Pero no hay tiempo para lamentos, hay que reconstruir lo dañado, rescatar lo sepultado y limpiar todo lo que el agua y los escombros tocaron. Algunos fuencalenteros simplemente suspiran al pensar: "¡Otra vez a empezar de cero!".
Situaciones difíciles.- Las personas que más han sufrido las consecuencias de las riadas se enfrentan a situaciones casi imposibles, como la de Marcelo, que tiene que arreglárselas para desenterrar (literalmente) su casa, prácticamente sepultada por el barro, la arena y las piedras. No sabe si la estructura está dañada, "es lo más probable", pero "tengo que ver cómo salgo de ésta, aunque con 60 años no es lo más apetecible".
En el mismo barrio, en Las Caleta, está otro gran perjudicado. Fermín, al que la tromba de agua y escombros le pasó por encima. Ayer estaba con su hijo en el tejado de la casa retirando la arena. Fermín no puede hablar, pero es capaz de sobrecoger a cualquiera cuando explica con gestos la magnitud de lo que vivió la noche del 23 de diciembre.
En el otro núcleo más dañado, Las Indias, Alexandra consiguió escapar de la riada por los pelos. Mientras observaba cómo las palas y los camiones trabajaban a destajo para abrir la carretera sepultada con más de 15 metros de arena y piedras, contaba la suerte que tuvo al darse cuenta de que mientras permanecía en su casa, el barro la iba enterrando, junto con sus dos coches.
Más arriba, en el casco de Los Canarios, que en esta ocasión fue el espacio menos castigado, una joven empresaria llamada Goretti recibía la ayuda de varias personas para poder sacar de su cafetería (la de la gasolinera ubicada en la carretera de enlace con Mazo) metros y más metros cúbicos de escombros y lodos. La cafetería arrendada es su vida, allí ha puesto todo lo que tenía y no sabe cuanto tiempo necesitará para volver a trabajar.
Sin servicios.- Las historias se repiten a lo largo y ancho del pueblo. Menos afectados que en el incendio, pero mayor magnitud en los daños. El panorama dejado por el temporal no es fácil de solventar y menos cuando los servicios fallan. Estos vecinos llevan varios días sin poder consumir agua de la red de abastecimiento porque el canal está dañado. También tienen problemas de comunicación telefónica y muchas carreteras locales están cortadas. A esto se une el trasiego de camiones como parte del operativo de limpieza.
Pero los fuencalenteros han demostrado que son capaces de enfrentarse al fuego y al agua, dos elementos opuestos, que en el sur de La Palma se combinaron para causar un daño desproporcionado.
Fuente: El Día





